Ilustrísimo Sr. Alcalde,
Sres. Presidente y Secretario de la Orden del Mostachón,
Respetadas Autoridades locales,
Queridos padres, hermanos y familiares,
Queridos amigos y conocidos,
Sras. y Sres, todos los aquí presente.
Es para mí un gran honor encontrarme hoy aquí, con todos vosotros, compartiendo estos momentos tan especiales.
Recibo el ilustre galardón del Mostachón de Oro 2008 con gran orgullo y al mismo tiempo con gran humildad. Con humildad porque no me siento una persona tan importante como para recibir un galardón tan distinguido, pero al mismo tiempo con orgullo porque si los miembros de la Orden del Mostachón y el pueblo de Utrera me habéis considerado digno de esta distinción, la llevaré a partir de ahora con toda la dignidad que me sea posible.
Me pregunto cómo es posible que me encuentre aquí en estas circunstancias, cómo es que he sido agraciado con esta distinción honorífica. Y entonces me doy cuenta de que si no fuera por mis antepasados, por mis abuelos y bisabuelos, si no fuera especialmente por mis padres yo no estaría aquí ahora.
Los nativos americanos dice que las generaciones presentes caminamos sobre las cenizas de nuestros antepasados. Son las cenizas de nuestros antepasados las que han hecho posible el suelo que pisamos hoy.
Hace poco he terminado de leer una obra titulada “Historia de la gente poco importante”. La gente poco importante no aparece en los libros de Historia ni en las Crónicas oficiales, pero son ellos, los millones de seres humanos anónimos, los que han hecho y hacen que nuestra vida sea lo que es.
Permítanme compartir con ustedes un algo de la vida de mis ancestros.
Mis abuelos maternos fueron oriundos de Olvera, Cádiz. Se llamaban Josefa y Rodrigo. Tuvieron dos hijas, Juana, mi tía, nacida en Olvera y María, mi madre, aquí presente, que nació ya en Utrera. Mi abuelo Rodrigo fue un líder campesino y teniente del ejército republicano. Desapareció en combate en el frente de Málaga, luchando por la República contra las legiones moras del dictador Franco. Mi abuela Josefa se vino a Utrera huyendo de la escabechina, con una hija pequeña y embarazada de mi madre. Y la ciudad de Utrera las acogió. Durante toda su vida tuvo que trabajar duro para sacar adelante a sus dos hijas, bien trapicheando con el pan de estraperlo, bien sirviendo como criada en casas burguesas como la de los Clemente de la Cuadra.
Por parte paterna, mi abuela Gracia procedía de Carmona y siendo mocita se vino a Utrera donde conoció a mi abuelo Francisco, Curro para los amigos, de la familia de los Calcula, que por aquel entonces era arrieros. Juntos tuvieron varios hijos, hijos de la miseria y del hambre, Ana, Pepa, Curro y mi padre Antonio, conocido por todos ustedes como Antonio Calcula.
Mis padres, como muchas otras personas de su condición, no lo han tenido fácil. Aquellos años de la posguerra fueron muy crudos, especialmente para los que no tenían mas que la fuerza de sus brazos para sobrevivir, en una época negra de la historia de nuestra ciudad en la que los terratenientes y los grandes propietarios de los almacenes de aceituna trataban a los jornaleros más como bestias de carga que como seres humanos.
Lo que soy hoy se lo debo al esfuerzo de mis abuelos y de mis padres, que han tenido que irse dejando la piel y la salud en la vida para sacar adelante a sus hijos y darles una vida mejor que la que ellos tuvieron.
Así que hoy, al recibir el honor que me concedéis, considero que no soy sólo yo quien recibe este reconocimiento sino que al mismo tiempo lo reciben mis padres, mis abuelos y todos mis antepasados.
Considero también que es un reconocimiento a las generaciones que me han precedido y que han luchado muy duro para que mi vida sea hoy lo que es. Como dicen también los nativos americanos, “somos la realización del sueño de nuestros antepasados”. Esta distinción que hoy me concedéis no me hace importante. Importante es la historia que me ha precedido.
Hoy día vivimos en el confort, en el bienestar material y en el consumo. Comer ya no nos resulta un problema. Comemos bien todos los días, muchas veces incluso demasiado. Nuestras casas son confortables. Tenemos calefacción y aire acondicionado. Hemos conseguido lo que nuestros abuelos soñaban. Y ahora qué haremos nosotros? ¿Qué mundo dejaremos a nuestros hijos y nietos? ¿Cuál es el esfuerzo que nos corresponde hacer a nosotros? Aunque vivimos en la comodidad material, tenemos que reconocer que la miseria moral, intelectual y espiritual es la tónica dominante en nuestros días. Nuestros esfuerzo pasa por dejarles a nuestros hijos un mundo mejor que el que hemos recibido.
¿Qué es lo que hace que la vida de cada uno de nosotros sea lo que es y no de otra manera? Unos llaman a esta fuerza Destino, otros Voluntad Divina. Los budistas la llamamos Karma. Sea como sea que la llamemos, sigue siendo un gran misterio.
En abril del 1987, como bien ha descrito Marta Montoya en su presentación, me encontraba en el norte de Japón, en la provincia de Akita, en el templo budista zen Todenji, del que mi segundo maestro fue el 28º Abad. En una solemne ceremonia, rodeado por más de quinientas personas, entre ellas numerosos maestros zen ancianos, mi maestro me presentó públicamente como su sucesor en el Dharma. Por un momento creí estar soñando. Me preguntaba entonces qué hacía yo allí y cómo había llegado hasta esa situación histórica en la que, por primera vez, el Dharma del Buda era transmitido a un español, a un andaluz, a un utrerano, hijo de jornaleros, nieto de campesino y de basurero, alguien nacido en un país y en una cultura tan distinta y tan distante...
Yo podría haber sido mecánico de coches, como quiso mi padre en una época en la que le resultaba difícil seguir pagando mis estudios; podría haber sido seminarista y sacerdote católico como pensé yo cuando ví que mis estudios peligraban; podría haber sido maestro de escuela como soñaba en mi juventud o podría haber sido funcionario municipal después de haber aprobado las oposiciones, podría haberme casado y criado una familia en Utrera, como la mayoría de mis amigos de entonces... pero no, no fue así. El karma, el destino o el poder cósmico tenía otros planes para mí.
En 1977 recibí en París la ordenación de sacerdote budista zen. Ser sacerdote budista zen en la España de finales de los setenta no fue tarea fácil. Pero la confianza en el camino que emprendí y que aún sigo nunca se ha debilitado. Comencé a practicar el zen cuando muy pocas personas sabían que era eso. Hoy puedo enorgullecerme de ser el inspirador espiritual de una comunidad sólida que cuenta con centros en las principales ciudades españolas.
Aunque hace más de treinta años que no vivo en Utrera pasé los primeros veinte años de mi vida aquí y, como ha dicho Antonio Cerdera, la infancia es nuestra verdadera patria. Por eso siento que soy un producto de esta tierra y que llevo conmigo su impronta como los gitanos de Utrera llevan el compás de las bulerías en la sangre. A menudo recuerdo con añoranza las rosadas luces de Utrera durante septiembre y siempre que puedo vengo a gozar de esta luz.
Es cierto que no soy un utrerano típico y que no sigo los valores ni las costumbres consideradas tradicionales en nuestro pueblo. Pero dejadme que os diga que afortunadamente los tiempos han cambiado y que ahora podemos reconocer y aceptar que hay muchas formas de ser utrerano y que todas ellas pueden ser igualmente legítimas y dignas. Esta tierra nuestra, llamada Al-Andalus por nuestros ancestros musulmanes, fue tierra de encuentro de culturas y de religiones distintas. Aquí convivieron judíos, cristianos y musulmanes. Aquí llegaron los saberes y los conocimientos desde el lejano Oriente, pasando por el Oriente Medio, y aquí se encontraron con los conocimientos generados en Europa. Hoy día, una nueva corriente existencial, espiritual y religiosa como es el Budismo Zen nos está llegando y puede enriquecer nuestras ya amplias y profundas tradiciones.
Utrera es una tierra que siempre ha creado personas ilustres, escritores, pintores, médicos, artistas... “Algo tendrá nuestra ciudad, decía el ya desaparecido Salvador de Quinta padre, para dar a luz a un Papa cismático como Clemente de El Palmar, y también a un Papa Zen como Dokushô Villalba”. Bueno, quitando que yo no soy un “Papa Zen”, la frase es ingeniosa en el más puro estilo de los Álvarez Quintero y expresa de alguna manera las múltiples posibilidades que ofrece esta ciudad, que cada vez más se acerca a la multicuturalidad.
No quiero alargarme más.
No me queda más que expresar mi agradecimiento al Ilustrísimo Sr. Alcalde D. Francisco Jiménez, a Sr. D. Antonio Cerdera del Castillo, Presidente de la Orden del Mostachón; al Sr. D. Santiago García de la Peña, Secretario de la Orden; a todos los miembros de la Orden del Mostachón y en especial a Marta Montoya que ha hecho una excelente presentación de mi recorrido vital. Gracias a todos por esta designación.
Muchas gracias también a mis padres, a mis hermanos y familiares. Gracias a todos los aquí presente por acompañarme y darme vuestro calor en esta noche. Gracias en definitiva a todo el pueblo de Utrera, a su gente poco importante pero gracias a cuyo trabajo y esfuerzo diario este ciudad es lo que es.
De todo corazón os digo, gracias, gracias, gracias.
Dokushô Villalba
Utrera, 1 septiembre 2009
Ver reportaje fotográfico en: http://www.facebook.com/album.php?aid=103657&id=723619246&saved#/album.php?aid=103657&id=723619246&ref=mf