Una persona extraviada es
también Buda
por Kodo Sawaki (*)
¿Qué sucede cuando, para tratar de comprender la fugacidad, meditas
siempre con la mente puesta en cadáveres putrefactos?[1]
Al final, el mundo entero te parecerá lúgubre y sombrío. No te esfuerces en
representarte lo bello como algo horrible. Una chica guapa no lo es porque te
haga girar la cabeza y te distraiga de la meditación. Simplemente es guapa y
eso es todo.
Cuanto más te ocupes de tu mente de mono y de tu voluntad de caballo,
más brincos darán en el sitio tu mente de mono y tu voluntad de caballo
burlándose de ti. Ya puedes practicar zazen, recitar el nombre de Amitaba Buda
o seguir las normas tan fielmente como quieras, ya puedes también esperar a
caerte de viejo, que nunca te librarás de tus ilusiones. Por desesperadamente
que trates de extinguir tus ilusiones, no alcanzarás el estado del
no-pensamiento o de no-mente; no harás más que volverte loco.
Cuando vayamos al fondo de nosotros mismo comprobaremos que ahí no hay
nada especial. Al principio éramos amebas o células germinales, ni machos ni
hembras. ¿Por qué entonces tratamos de aderezar nuestra fachada con
fabricaciones erráticas como “belleza” o “fealdad” o “satori” o “ilusión”?
Todos nuestros juicios de valor son alucinaciones, nada más que un sueño. Y
sólo porque no queremos despertarnos de él nos retorcemos en nuestro dolor.
Pero no podemos olvidar que somos nosotros quienes fabricamos ese dolor.
No te dejes atrapar por nada, no te ates a nada. Sea lo que sea que
hayas alcanzado, no te detengas ahí o acabarás enmoheciendo. “La mente actúa sin asentarse en nada”[2]. Por eso este actuar es
ilimitado en todas direcciones
También la palabra “Buda” no es más que una mole de granito en tu mente.
Has de librarte de tus conceptos de “Buda” o “Dharma” para verlo todo
simplemente como es.
Dices “fuego”, pero al pronunciar esa palabra no te quemas la boca.
Dices “agua”, pero eso no calma tu sed. Has de abandonar de una vez las
palabras y volver la vista a la figura sin forma de la realidad.
La cuestión es si hablas acerca de las cosas desde un punto de vista
mundano o desde el punto de vista de la enseñanza del Buda. Nada es realmente
como se lo denomina; sin embargo, si conoces el significado de las palabras
reconocerás que también estos nombres de las cosas son reales.
En todos los fenómenos concurren el uno y las diez mil distinciones.
Todo va al uno y el uno se disuelve en todo. Esta interacción no se detiene ni
un solo instante.
Si haces demasiado hincapié en el samadhi
[el volverse uno], te entumecerás. Si por el contrario buscas con demasiado
ahínco la sabiduría, te perderás en las diez mil distinciones. En nuestro caso
no se trata ni de petrificarnos en un protozoo ni de convertirnos en profesores
distraídos. Se trata de vivir el samadhi
y la sabiduría juntos, como parte de nuestra vida diaria. Ésa ha de ser una
actividad completamente espontánea, con ambos pies firmes sobre el suelo. Un
ejemplo lo ofrece la vida diaria de Sakiamuni a lo largo de sus 40 años de
predicación.
El vacío es la estructura de la nada que todo lo abarca. No hay budismo
sin los seres que sufren.
Has de observar el escenario tras las bambalinas y observar desde el
escenario lo que se oculta tras las bambalinas. “El escenario” es el ser, “tras
las bambalinas” es el vacío. El escenario no es concebible sin lo que se oculta
tras las bambalinas y sin escenario tampoco hay un “tras las bambalinas”.
“La forma es el vacío, el vacío es la forma”[3].
Esto significa que forma y vacío son inseparables. El todo vivo que reside en
esta división se manifiesta aquí y ahora ante nuestros ojos.
Si reflexionamos acerca de nuestra vida en este mundo desde el punto de
vista del Budismo, apreciaremos que es como un reflejo en el agua: la cara que
se refleja en el agua soy yo, pero yo no soy esa cara reflejada. Seremos así
testigos de la insondable e ilimitada concurrencia de “yo” y “el otro”.
La relación entre el ser humano y el Dharma del Buda es de una profundidad
insondable. La persona corriente y el Buda viven juntos. No hay ninguna persona
corriente aparte del Buda y no hay ningún nirvana
fuera de la vida y la muerte[4].
Has de encontrar la paz en medio de la casa en llamas.
Quien por su cuerpo tiene un tropiezo, también con su cuerpo encontrará
de nuevo el camino. Por eso también puede decirse que este cuerpo, tal como es,
es Buda. “La oscuridad de la sombra del
pino depende de la claridad de la luna”. Cuanto más te sientes en zazen más
claramente comprenderás que en ti conviven el Buda y la persona corriente. Eso
es samadhi: un mundo complejo que se
extiende ilimitadamente.
Lo que en zazen emerge a la superficie no son ilusiones. Es el contenido
de ti mismo. “¡Ajá! Éste es mi aspecto
por dentro. Ningún contenido del que pudiera sentirme orgulloso...”. Es
importante hacerse por una vez esta reflexión. En ti mismo encuentras tanto al
Buda como al diablo, a un animal o a un espíritu hambriento. Este escenario
interno se encuentra en constante cambio: unas veces es el cielo, otras el
infierno. Todo es reflejo de ti mismo. Cuando profundices tranquilamente en
ello comprenderás que la doctrina de la escuela Tendai de “los tres mil dharmas en el interior de una conciencia”,
la doctrina de “los setenta y cinco dharmas”
de la escuela Kusha y la de “los cien
dharmas” de la escuela Yuishiki representan explicaciones de este escenario
interno de ti mismo.
¿Es la condición de persona corriente algo malo? No. Mientras no trates
de sacarle partido, tu condición de persona corriente es como una nube que
cruza el cielo. Que esa nube tenga la forma de una serpiente o de un demonio no
tiene la menor importancia, se desvanecerá en la nada. Si la imagen de una
chica guapa no quiere abandonarte, siéntate simplemente en zazen: en algún
momento esos pensamientos pasarán como las nubes. No permanecerás decenios
pensando en esa chica.
La vida es muerte, la muerte es vida. Pues todo es sólo un sueño:
soñamos que vivimos, soñamos que morimos. En realidad, vida-y-muerte son uno.
Cada instante es un encuentro y una despedida al mismo tiempo: dentro de
este instante concreto, nacimiento y muerte son una sola cosa.

Gracias por tan interesante reflexión u observación de lo que somos.
ResponderSuprimirEvidentemente todo es impermanente y basta con observar los acontecimientos que aparecen y desaparecen delante de nuestros ojos de forma incesante para darnos cuenta de dicha realidad.
El asunto está cuando la mente de uno se emperra en que las cosas no sean así y la imagen de esa chica guapa persista ostinadamente en el pensamiento volviendo una y mil veces. Y no ya la chica, que no tiene culpa de nada, sino el propio pensamiento que no para de hablar sin que nadie le haya dado permiso para hacerlo. Ahí podriamos hablar de permanencia porque de hecho cuantas vidas no han conocido otra cosa que la permanencia del pensamiento condicionado... incluyendo aquellas vidas entregadas a la meditación.
A mi me gustaría preguntar/me si en esta vida y teniendo en cuenta que uno es un ser normal, de los del montón, existe algo que sea sin causa, que no sea parte de un movimiento mecánico, y que a su vez tenga un efecto sobre lo que llamamos vida cotidiana, relaciones humanas, ilusiones, etc.
Un gran saludo, para este santo lugar. Y gracias.
Pero las demas patrañas de la vida son demasiado creibles... asi que me quedo con esta, que es imposible. Un abrazo querido amigo.
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