sábado, 26 de diciembre de 2009

La luz del llanto

Me he despertado llorando esta mañana.
No sé porqué lloro.
Lloro por todo,
lloro por nada.
Lloro porque necesito llorar de vez en cuando
como quien ríe por reír tan solo,
o como quien necesita gritar a la luna llena,
o caminar día entero por bosques deshabitados.

Respiro y el aire me hace llorar.
Veo las gotas de lluvias suspendidas en las agujas de los pinos
y lloro desconsoladamente.
Se me desfonda el alma en agua
y mi pecho se sacude como cumbres tormentosas
que descargan truenos y lluvia a raudales.

Me hace llorar la bruma irreal que envuelve los árboles
y mi vida entera es de pronto igual de irreal.
Ante este vacío sin medidas
llorar es lo único que me consuela.

Las felicitaciones navideñas que recibo
me hacen llorar,
no sé si de alegría o de pena.

Miro los pinos
y su tremenda quietud me conmueve
hasta las lágrimas.

Lloro porque me duele el pecho de no llorar
y porque siento que llorar de vez en cuando es bueno,
sin más,
llorar por llorar
como la lluvia cae por caer
sin más.

Lloro solo.
Lloro por mi y por todos mi amigos,
también por los enemigos que no tengo
o tal vez si tengo sin saberlo yo.

Lloro tal vez porque la soledad se abre a veces
como un abismo sin fondo
y llorar  es la única manera
de llenar el vértigo de la ingravidez.

Lloro por todo los besos que no he dado
y por los que dí y quisiera volver a darlos
y ya no puedo.

Lloro porque me siento nada frente a una piedra,
porque la mirada del petirrojo me atraviesa
como si no hubiera nadie en mí.
Entonces lloro por haberme liberado de mí
por ser sin yo,
por ser sencillamente las cosas que son
y que aparecen de repente en la implacable rotundidad
de su existencia.

No sé porqué lloro pero sé que es bueno que llore.
Tampoco sé cuándo dejaré de llorar.
Tal vez me pase el resto de mi vida llorando,
tal vez mis días sean un llanto continuo
como la llovizna que lo empapa todo
y  estremece hasta la médula.

Hoy,
tal vez porque el invierno me está conduciendo
hasta el corazón de sus tinieblas,
el cielo y yo somos un océano de agua soliviantada
y hasta los pinos lloran sin cesar
desde cada una de sus miles de agujas,
muy dulcemente
gota a gota.

Lloro como un niño de pecho.
Lloro porque no sé porqué lloro.
Lloro porque lloro sin saber porqué lloro.
Y así el llanto llama al llanto
agrietando las murallas de la sensatez
hasta que el corazón entero es un río desbordado
y el único consuelo es seguir llorando
hasta el vaciamiento pleno.

Y ahora que ya lo he llorado todo
un débil rayo de sol se desliza por el vientre gris del cielo
y viste el bosque con diez mil diamantes preciosos,
gotas de luz que brillan
sin saber porqué
ni para qué
dejando el alma exhausta y extasiada
ante el asombro.

Dokushô Villalba
25 de Diciembre 2009

2 comentarios:

  1. Querido maestro;yo también lloré,dede mi casita de madera integrada en el campolloré,era 25 de diciembre y también lloré,y sentí que en ese preciso momento y en un fugaz instante me hice una con el universo y lloré,a mi alrrededor todo se mueve en otra dirección y por eso creo que lloré,pero el campo me acogió como una madre y con el lloré, si maestro yo también lloré.
    Un abrazo.......Mary-Ann

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