viernes, 6 de marzo de 2009

Ermitaño por horas



Cuando puedo cojo el bastón,
visto la pelliza vieja y rota
y me pierdo en las vaguadas,
en los altos,
en las fuentes,
en los montes
y en los prados.
                       
Me siento en la cima de las montañas
y al atardecer contemplo el vuelo de las aves en bandadas,
el velo azul y violeta de las brumas,
el sonido del viento en las agujas de los pinos.
                         
Todo me habla de un mundo
que mi mente no puede entenderlo
pero aunque no lo entienda,
sentirlo sí que lo siento.
                         
¿Ramas quebradas? ¡Pasa un jabalí, atento!
Atento como los pajarillos que vuelven a sus nidos calientes
cruzando,
unos tras otros,
el ancho cielo azulado.

Aquí el mundo está quieto.
Quietas las montañas.
Quieto el firmamento.
Quieto el corazón.
Apagados los anhelos.



Dokushô Villalba

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