| . Me siento como un idiota cruxificado en la cruz que yo mismo he arratrado y erguido en la cima de mi propia estupidez. Lanzo miradas de suplica pidiendo la redención. ¿Cómo puedo olvidar que soy yo mismo quien ha clavado mis manos y mis pies, quien ha lacerado mi costado y quebrantado mis huesos. Mi propio dolor me ciega y me enajena. Pero antes de la última expiración descubriré al verdugo que se oculta en mi ignorancia y lo desterraré lejos de aquí junto al juez que ha dado la orden de mi suplicio. Soy inocente y merezco la dicha de ser lo que soy. . |
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