| . Al atardecer me alejo caminando por las veredas y en lo alto de algún cerro me siento. Ni hablo ni pienso. La brisa habla por mí y me cuenta lo que vio a lo lejos. Al oído me trae el llanto de bosques calcinados, el mortal silencio de los ríos muertos, los gritos de angustia de seres humanos enloquecidos en ciudades cementerios. Y me dice: “Por las venas de jóvenes humanos corre desbocado el caballo blanco de la muerte azuzado por las blancas manos de los necrófagos que engordan sus cánceres gracias al secreto bancario. Yo misma vengo malherida y exhausta. Envenenada estoy porel fétido aliento de diez mil bocas que surgen de las entrañas mismas del infierno. Tantas gráciles aves del cielo, que durante siglos mecieron sus alas en el prístino vacío de mi vientre viajero ya no vuelan raudas ni permanecen suspendidas en mi regazo quieto. Mi vientre, tan poblado antaño, es hoy un páramo yermo. Y oigo el zumbido de reactores militares y la carne de hombres y mujeres, como tú, deshaciéndose en pedazos manchando de sangre roja, como la tuya, las manos cómplices de los que planifican, ordenan, ejecutan y se enriquecen, desde los despachos acristalados de la vigésima planta del imperio el gran negocio del crimen: la vida de miles a cambio de dinero, dinero sucio, dinero negro, dinero blanqueado con un baño de ideales vacuos y de honores fútiles, como fútiles son aquellos que se enriquecen a costa del sufrimiento ajeno. Y oigo voces que dicen: "La Bolsa ha subido, la Bolsa ha bajado. He perdido, he ganado". Pero yo, como de estas cosas no entiendo, sigo el rumbo incierto de mi esposo, el viento. Hasta los bravos océanos, cuyas olas se alzan poderosas y cuyos abismos encierran todos los misterios, han sido condenados al lento martirio de la extinción. Y los peces, sus hijos, flotan a la deriva muertos desde el Mar del Norte hasta el cabo de Fuego. Por doquier he visto cómo avanza la muerte. Por doquier la antecede su mensajero: el miedo. Amigo, tengo que irme, me reclama mi esposo el viento para llevarme de su brazo hacia destinos inciertos. De todas las cosas que he visto tan solo unas cuantas te miento. Sería largo y penoso continuar abriéndote la herida que llevo. Pero hay algo más que debo decirte. Algo que me heló la sangre, algo que me ha herido con herida de muerte: He mirado los ojos de miles de seres humanos y he visto en ellos un no sé qué terrible, un brillo metálico, una sombra furtiva, la conciencia opacada por el velo de la ambición, inyectada de desprecio. El delirio de lo infame ha sido elevado al rango de mérito. Desde entonces voy perdida. ¿Qué sentido tiene mi susurro si no hay oídos para escucharlo? Tengo que irme, no sé a dónde, a donde me lleve de su brazo mi esposo, el viento”. Y cuando ya la noche ha caído y la brisa se ha ido de nuevo lejos, me levanto y vuelvo a mi choza umbrío, cabizbajo, perplejo. Ni las estrellas brillan. Ni hoy he visto a los vencejos. Los chopos, como en un lamento, parecen susurrar: “Malos tiempos, corren malos tiempos”. Calla la luna. Calla la brisa. Me callo yo. Se calla el silencio. |
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