| . Entre sombras como ciego ciego entre sombras tanteando cuerpos en la oscuridad loco obsesionado por la luz la luz figuras fantasmagóricas delirando monstruos deformes devoradores devorando la razón la razón se ha perdido en algún rincón de la sombra. La sombra acecha pero la luz no ceja. La Sombra, mi Sombra, está ahí, lo sé, pero no la temo. La Sombra acecha, la siento, pero la Luz, mi Luz, no ceja. Giro el rostro y se manifiesta. Me envuelve, me embriaga. Bebo su vino y el olvido se vuelve ausencia. La Sombra, oculta en los pliegues de la conciencia, acecha; en el brillante discurso del orador, acecha. Sombra, mi Sombra, sé que estás ahí, aquí: no te ocultes. Te he localizado. No me temas tampoco tú, ven. Hagamos un pacto de sangre. Te siento vieja y cansada. No insistas. Luz, hermana de mis días, acude tú también a este encuentro y mira de frente el rostro milenario de tu madre. ¿Cómo podéis seguir luchando si tú eres, Sombra, la madre de todas las cosas? ¿No es acaso tu hija, la Luz, la única heredera universal de todas tus oscuridades? ¿Cómo podría ser llamada tú, Sombra, sombra si no fuera por la brillante palabra con la que te designa y te reconoce tu hija, la Luz? ¿Qué sería de ti, Sombra, si vivieras sola en la sombra? ¿Acaso no fuiste tú, Sombra, quien engendraste la Luz para que viera y reconociera el reino de tus oscuridades? No temas ahora y acude al encuentro. Mírate frente al espejo que te reconoce y te identifica. (Desde el fondo del espejo me miran unos ojos que no sé si son míos pero como míos los siento). ¿Dónde podrías esconderte, Sombra? Allí donde te escondas, te veo. Acurrucada en el regazo marchito de la anciana, te veo. Ataviada con la fresca piel de la juventud, te veo. Sombra, vieja ramera, tú que has yacido en el lecho de todos los varones jóvenes, ahora te estás inoculando por sus venas o te haces aspirar convertida en polvo mortal. La Sombra acecha en los pliegues de mi conciencia. Salta y lo ocupa todo sin que yo sepa cómo. Crispa mi puño, endurece mi rostro, viola el silencio del corazón y se oculta. ¡Sombra, no te escondas! Te veo. Oculta en el brillo de las sonrisas, disfrazada de beso, te veo; vestida de inocencia, prendida en los mínimos gestos, desde el fondo del espejo, te veo y no te temo. Tras cada gesto, en cada palabra, fluyendo en mi aliento, ocultándose en mi mirada, durante el sueño, vaya o venga, la Sombra, mi Sombra, acecha, lo sé, pero no la temo. Porque en cada palabra, en cada gesto, fundidos en mi aliento, en la vigilia o en el sueño, unos ojos claros observan desde el fondo del espejo y no cejan ni cesan de iluminar las fosas abisales del olvido y la ausencia. Sí, sé que la Sombra acecha, la presiento pero no tengo miedo. porque la Luz tampoco cesa y persiste aún desde las noches de los tiempos. . |
Y sin embargo... la sombra es sólo la interposición de un objeto (o sujeto) frente a la luz...
ResponderSuprimirGasshô.