viernes, 6 de marzo de 2009

La casa donde nací.

Nací en Utrera, en una casa de la calle Don Clemente de la Cuadra, cerca del Ayuntamiento y de la ya desaparecida casa natal de los hermanos Alvárez Quinteros. Pero no, esta casa no era noble ni aristocrática. No era uno de esos palacetes cuyas fotos aparecen a veces en Vía Marciala. No era una obra maestra de la arquitectura burguesa andaluza. Era una humilde casa de vecinos de esas en las que vivía la mayoría de la gente humilde del pueblo llano en la época. Éramos seis familias viviendo alrededor de un patio con solería de ladrillos cocidos. Estaba la familia del Enrique, el maquinista de Renfe, y su mujer Mariquita, con sus hijos; estaba la familia de la Rosario, viuda, y sus hijas la Charito, el amor platónico de mi infancia aunque era mucho mayor que yo, y otra cuyo nombre no me acuerdo; estaba la Facunda, soltera ella sola; estaba la familia de Pepa Barcia, viuda con dos hijos; estaba la familia de Guillén y Carmela, con sus hijos Paco, mi primer gran amigo y protector, Mari y otra que no me acuerdo, así como su tan querido hijo que nació con deformaciones congénitas. Y estaba mi propia familia. Nosotros vivíamos en dos habitaciones y una pequeña cocina de carbón era el hogar. En total no más de 30 metros cuadrados para mi bisabuela, mi abuela Josefa, mi madre, mi padre y tres hermanos. Una habitación era el comedor y sólo había espacio para una mesa y unas cuantas sillas alrededor. La otra era el dormitorio común, una cama pegando a la otra: cuatro generaciones hacinadas en un espacio minúsculo. Recuerdo que para evitar el desplome del techo, mi padre había colocado un pilar de madera en el centro del dormitorio. Cuando llovía teníamos goteras y mi madre colocaba palanganas y cacharros en el poco espacio de suelo que quedaba libre. Más de una noche me dormí oyendo la sinfonía acuática compuesta por las gotas cayendo sobre las palanganas.

No había agua corriente sino un pozo común (¡qué misteriosa resultaba para el niño que yo era la negra profundidad a la que me asomaba con temor!) Los lavaderos eran también pilas comunes donde las mujeres azotaban la ropa contra la tabla estriada. En ellos crucé por primera vez un río montado en el caballo de cartón que me trajeron los Reyes Magos. Como era de preveer, el caballo no sobrevivió a la aventura.

A los siete años dejamos esta casa por otra más grande y más digna, y después por otra de protección oficial: la Barriada de la Coronación. Mis padres se cambiarían de nuevo a una casa propia, en la que todavía siguen viviendo.

Desde que dejé de vivir en Utrera he vuelto al menos una vez al año. Uno de mis puntos obligados de peregrinación era la casa de vecinos en la que nací. Un año, no recuerdo cuál, el corazón me dió un vuelco cuando ví que la casa había desaparecido: su lugar lo ocupaba un gran casa recién construida, esa que tiene la fachada de ladrillos vistos.

Dado que ningún cronista oficial hablará de esta vieja casa, ni aparecerá en ningún reportaje fotográfico porque nunca fue fotografiada, he querido en este recuadro dar testimonio de su existencia y de la de los seres humanos que la habitaron, esos seres humanos humildes y anónimos que forman parte de la Utrera profunda, esa Utrera formada por braceros, jornaleros, fabricantas, empleados de Renfe, albañiles, arrieros y peones que, a pesar de su sufrimiento, nunca aparecerán en los libros de Historia.

Dokushô Villalba

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